30 noviembre 2005
29 noviembre 2005
28 noviembre 2005
Haiku
ya se anuncia el otoño.
Lo exclama el árbol.
Sopla el poniente,Lo exclama el árbol.
y al oriente se apilan
las hojas secas.
BUSON (enviado por Fletch)
Ayudado por el viento
el otoño alfombra
de hojas las calles.
(Leodegundia)
el otoño alfombra
de hojas las calles.
(Leodegundia)
El otoño
nos deja huellas ocres
de su tránsito...
(Narima)
nos deja huellas ocres
de su tránsito...
(Narima)
El viento adormece
las alas del pájaro
y las posa en el suelo
las alas del pájaro
y las posa en el suelo
26 noviembre 2005
23 noviembre 2005
Efecto boomerang
Se cuenta de Bernard Shaw (1856 - 1950) que en cierta ocasión recibió una carta cuyo contenido era una sola palabra: "Imbécil".Al leerla, flemático, Shaw sólo dijo: "En mi vida he recibido muchas cartas sin firma, pero ésta es la primera vez que recibo una firma sin carta".
21 noviembre 2005
El Hermano Boticario

El autobús de Leodegundia ha recorrido últimamente tierras Burgalesas, y ha hecho un alto en el camino para admirar "la botica" de Ximeno. Me fascinan esas boticas antiguas. Recordé la del Monasterio de Santo Domingo de Silos. Y su "rebotica", donde se elaboraban las mixturas de hierbas que constituían toda la farmacopea de la época.
En la alta Edad Media, la medicina era practicada básicamente en los Monasterios. Sus boticas, contaban tanto con las plantas medicinales -que los propios monjes cultivaban- como con los secretos de sus propiedades curativas.
Hoy recreo aquí un día cualquiera en la vida del hermano boticario.

Aún no había sonado el canto del gallo. Ni la luna había comenzado a palidecer. Pero ya el toque de “maitines” vino a romper su sueño, por lo demás ligero. Eran ya muchos años. Le había costado, pero ahora estaba ya acostumbrado. Supo que debería darse prisa. En no más de diez minutos debería estar con sus hermanos en el coro para la primera oración del día. El ambiente frío y húmedo, hace años estimulante, ahora le molestaba sobremanera. Pero no había tiempo para entregarse a las lamentaciones ni a la indecisión.
Abandonó precipitadamente su jergón, duro y austero, y frotó enérgicamente su cara con el agua a punto de hielo de la vieja palangana, que se integraba como un mueble más en el ambiente frío de su celda. Su hábito de monje, áspero y burdo, no le aportó mucho calor.
Lanzó una última mirada al crucifijo que colgaba en la cabecera. Era la única concesión al adorno en aquellas cuatro paredes de gruesos muros que le servían de celda. “Ora et labora” recordó. Y aquella mirada amorosa fue como una primera oración.
Había llegado al Monasterio treinta años atrás, cuando su padre confió en que al amparo de los monjes tendría un mejor futuro que el que su escaso pecunio podría proporcionarle. Sus hermanos mayores no habían corrido mejor suerte permaneciendo en el hogar y, ahora, adultos, se ocupaban como antes su ya difunto padre en arañar en tierra ajena cuatro mendrugos con que alimentar a su familia.
Al menos él, no se vestía con harapos, comía caliente todos los días, era capaz de leer las Sagrada Biblia y las lecturas piadosas en el refectorio, y los libros sobre remedios medicinales y mixturas de hierbas. Incluso había aprendido algo de matemáticas bajo la tutela del Hermano Ecónomo que le había tomado cierto cariño cuando descubrió que aprendía con facilidad. Había trabajado mucho, sí, labrando el huerto del Monasterio cuando más joven. Ahora, ya añoso, estaba liberado de trabajos pesados. Ahora se ocupaba en la recolección de hierbas medicinales y en la elaboración de mezclas que procuraran la salud o aliviaran el dolor. Remedios que servían tanto para mitigar las dolencias de los propios hermanos, como para colaborar en el sostenimiento del Monasterio con lo que percibían por prescribirlas a los fieles, que llegaban hasta allí pidiendo remedio también para los males del cuerpo. Ahora conocía como pocos todas las virtudes medicinales de las plantas. Y la botica no tenía secretos para él. Era su reducto.
Terminada la oración, el refectorio le ofrecería el reconfortante primer alimento del día. Pero no, no pensaría ahora en eso, debía concentrarse en orar. Oración y trabajo. Ahora era momento de oración.
Ya confortado en el refectorio, se dirigió sin demora a la botica. Matraces y almireces, tarros perfectamente nominados y ordenados, calderos, mangas de colar. El hogar encendido, dispuesto para las cocciones de las hierbas elegidas. Su ayudante, un hermano novicio, se encargaba de que todo estuviera dispuesto. Y, al menos allí, no sentía ese frío que últimamente le molestaba tanto.
La oración previa al almuerzo principal le llevó de nuevo al coro. Esta vez sonaban los salmos, en forma de monodia gregoriana, en aquellas voces graves y devotas que entonaban los rezos del mediodía. Le emocionaba especialmente este Ángelus.
Tomó pausado su asiento en el refectorio y, en silencio, comenzó a tomar el sencillo almuerzo. Alguna sopa caliente, verduras cortadas aquella misma mañana en el huerto monacal y algo de carne. Un hermano leía en voz alta en el enorme libro apoyado en el atril. Ora et labora. Almorzar también podía convertirse en oración si conseguía hacerlo con el pensamiento puesto en Él, agradeciendo al Todopoderoso los alimentos que por Su Gracia Divina llenaban cada día sus cuencos.
Pasear después por aquel hermoso claustro, compartiendo y departiendo con sus hermanos. O utilizarlo como medio que facilita la meditación en los meses de temperatura adecuada. Algunos hermanos, los más jóvenes, lo hacían incluso ahora, en invierno. Él no. Se retiraría a meditar en la soledad de su celda. El frío, riguroso y húmedo, hacía crujir sus huesos y no le permitía concentrarse convenientemente.
El caldero bullía de nuevo en la botica bajo su cuidado atento. Supervisó la labor de su ayudante, que se empleaba con fuerza en triturar una mezcla de especias. La mano del almirez golpeaba en el cuenco una y otra vez, produciendo una monotonía de sonido metálico. A él, aquel sonido, acompañado por el borboteante del caldero al hervir, se le antojaban acordes escapados de algún pentagrama mágico. Ora et labora. Él sabía orar siempre, convertía su trabajo en oración.

Llenó varios matraces con la reciente decocción, mientras aleccionaba con entusiasmo a su ayudante: “para el asma y la bronquitis, el gordolobo (Verbascum). El torvisco (Daphne), si el paciente precisaba un purgante; pero debería utilizarlo con cuidado porque su efecto era muy violento. El culantrillo de pozo (Adiantum) para facilitar la menstruación y para curar mordeduras de animales y, si se precisaba adormecer al paciente para amputar, el beleño (Hyoscyamus) conseguiría que el infortunado perdiera la consciencia el tiempo necesario”.
¡Con qué avidez absorbía aquél chico sus enseñanzas!. Él sería su sucesor al frente de la botica. Lo haría bien, estaba seguro. No había más que observar el empeño que ponía en cuantas labores le encomendaba. Y en la atención que dispensaba a todas sus explicaciones. Pensó que, de haber vivido allende los muros del convento, de haber formado una familia, de haber tenido un hijo, le habría causado honda satisfacción que éste fuera tan inteligente y tan noble como su joven novicio ayudante. Satisfecho, se entregó de nuevo a la oración con todos los hermanos. Era ya mediada la tarde.
La cena llegó, frugal y temprana como era costumbre. El Padre Prior anunció que: “...nuestro benefactor, el señor de la comarca, visitará mañana nuestro Monasterio y nos hará el honor de su compañía a la hora del almuerzo. Vendrá acompañado de su sobrino predilecto. Es su deseo que tome nuestros hábitos.Sé que será acogido por todos con el interés más fraternal. Por cierto, Hermano Boticario, desde mañana él será vuestro ayudante en la botica”.
El día había sido largo, era la hora de descansar.
En la alta Edad Media, la medicina era practicada básicamente en los Monasterios. Sus boticas, contaban tanto con las plantas medicinales -que los propios monjes cultivaban- como con los secretos de sus propiedades curativas.
Hoy recreo aquí un día cualquiera en la vida del hermano boticario.

Aún no había sonado el canto del gallo. Ni la luna había comenzado a palidecer. Pero ya el toque de “maitines” vino a romper su sueño, por lo demás ligero. Eran ya muchos años. Le había costado, pero ahora estaba ya acostumbrado. Supo que debería darse prisa. En no más de diez minutos debería estar con sus hermanos en el coro para la primera oración del día. El ambiente frío y húmedo, hace años estimulante, ahora le molestaba sobremanera. Pero no había tiempo para entregarse a las lamentaciones ni a la indecisión.
Abandonó precipitadamente su jergón, duro y austero, y frotó enérgicamente su cara con el agua a punto de hielo de la vieja palangana, que se integraba como un mueble más en el ambiente frío de su celda. Su hábito de monje, áspero y burdo, no le aportó mucho calor.
Lanzó una última mirada al crucifijo que colgaba en la cabecera. Era la única concesión al adorno en aquellas cuatro paredes de gruesos muros que le servían de celda. “Ora et labora” recordó. Y aquella mirada amorosa fue como una primera oración.
Había llegado al Monasterio treinta años atrás, cuando su padre confió en que al amparo de los monjes tendría un mejor futuro que el que su escaso pecunio podría proporcionarle. Sus hermanos mayores no habían corrido mejor suerte permaneciendo en el hogar y, ahora, adultos, se ocupaban como antes su ya difunto padre en arañar en tierra ajena cuatro mendrugos con que alimentar a su familia.
Al menos él, no se vestía con harapos, comía caliente todos los días, era capaz de leer las Sagrada Biblia y las lecturas piadosas en el refectorio, y los libros sobre remedios medicinales y mixturas de hierbas. Incluso había aprendido algo de matemáticas bajo la tutela del Hermano Ecónomo que le había tomado cierto cariño cuando descubrió que aprendía con facilidad. Había trabajado mucho, sí, labrando el huerto del Monasterio cuando más joven. Ahora, ya añoso, estaba liberado de trabajos pesados. Ahora se ocupaba en la recolección de hierbas medicinales y en la elaboración de mezclas que procuraran la salud o aliviaran el dolor. Remedios que servían tanto para mitigar las dolencias de los propios hermanos, como para colaborar en el sostenimiento del Monasterio con lo que percibían por prescribirlas a los fieles, que llegaban hasta allí pidiendo remedio también para los males del cuerpo. Ahora conocía como pocos todas las virtudes medicinales de las plantas. Y la botica no tenía secretos para él. Era su reducto.
Terminada la oración, el refectorio le ofrecería el reconfortante primer alimento del día. Pero no, no pensaría ahora en eso, debía concentrarse en orar. Oración y trabajo. Ahora era momento de oración.
Ya confortado en el refectorio, se dirigió sin demora a la botica. Matraces y almireces, tarros perfectamente nominados y ordenados, calderos, mangas de colar. El hogar encendido, dispuesto para las cocciones de las hierbas elegidas. Su ayudante, un hermano novicio, se encargaba de que todo estuviera dispuesto. Y, al menos allí, no sentía ese frío que últimamente le molestaba tanto.
La oración previa al almuerzo principal le llevó de nuevo al coro. Esta vez sonaban los salmos, en forma de monodia gregoriana, en aquellas voces graves y devotas que entonaban los rezos del mediodía. Le emocionaba especialmente este Ángelus.
Tomó pausado su asiento en el refectorio y, en silencio, comenzó a tomar el sencillo almuerzo. Alguna sopa caliente, verduras cortadas aquella misma mañana en el huerto monacal y algo de carne. Un hermano leía en voz alta en el enorme libro apoyado en el atril. Ora et labora. Almorzar también podía convertirse en oración si conseguía hacerlo con el pensamiento puesto en Él, agradeciendo al Todopoderoso los alimentos que por Su Gracia Divina llenaban cada día sus cuencos.
Pasear después por aquel hermoso claustro, compartiendo y departiendo con sus hermanos. O utilizarlo como medio que facilita la meditación en los meses de temperatura adecuada. Algunos hermanos, los más jóvenes, lo hacían incluso ahora, en invierno. Él no. Se retiraría a meditar en la soledad de su celda. El frío, riguroso y húmedo, hacía crujir sus huesos y no le permitía concentrarse convenientemente.
El caldero bullía de nuevo en la botica bajo su cuidado atento. Supervisó la labor de su ayudante, que se empleaba con fuerza en triturar una mezcla de especias. La mano del almirez golpeaba en el cuenco una y otra vez, produciendo una monotonía de sonido metálico. A él, aquel sonido, acompañado por el borboteante del caldero al hervir, se le antojaban acordes escapados de algún pentagrama mágico. Ora et labora. Él sabía orar siempre, convertía su trabajo en oración.

Llenó varios matraces con la reciente decocción, mientras aleccionaba con entusiasmo a su ayudante: “para el asma y la bronquitis, el gordolobo (Verbascum). El torvisco (Daphne), si el paciente precisaba un purgante; pero debería utilizarlo con cuidado porque su efecto era muy violento. El culantrillo de pozo (Adiantum) para facilitar la menstruación y para curar mordeduras de animales y, si se precisaba adormecer al paciente para amputar, el beleño (Hyoscyamus) conseguiría que el infortunado perdiera la consciencia el tiempo necesario”.
La cena llegó, frugal y temprana como era costumbre. El Padre Prior anunció que: “...nuestro benefactor, el señor de la comarca, visitará mañana nuestro Monasterio y nos hará el honor de su compañía a la hora del almuerzo. Vendrá acompañado de su sobrino predilecto. Es su deseo que tome nuestros hábitos.Sé que será acogido por todos con el interés más fraternal. Por cierto, Hermano Boticario, desde mañana él será vuestro ayudante en la botica”.
El día había sido largo, era la hora de descansar.
19 noviembre 2005
17 noviembre 2005
En la calle...
¿En qué calle?
La foto no es una composición. Eso es exactamente lo que ví cuando quise saber en qué calle me encontraba.
15 noviembre 2005
Madrid - Centro

Madrid abigarrado del kilometro cero.
Disímil cada hora.
Coleccionando lenguas y colores,
tenderetes y grandes almacenes,
trapicheos de traficantes y banqueros,
parados y turistas,
palomas y panteras,
cervatos y tigres carniceros.
Y... un oso y un madroño.

Olor, en la mañana,
a calle redimida de crápulas nocturnas,
y a humanidad maltrecha por la tarde.
¿Qué extraño objeto escapará al almacén oscuro
de sus antiguas tiendas olvidadas?.
Aquí está lo que busques.
No dudes más.
Disímil cada hora.
Coleccionando lenguas y colores,
tenderetes y grandes almacenes,
trapicheos de traficantes y banqueros,
parados y turistas,
palomas y panteras,
cervatos y tigres carniceros.
Y... un oso y un madroño.

Olor, en la mañana,
a calle redimida de crápulas nocturnas,
y a humanidad maltrecha por la tarde.
¿Qué extraño objeto escapará al almacén oscuro
de sus antiguas tiendas olvidadas?.
Aquí está lo que busques.
No dudes más.
13 noviembre 2005
11 noviembre 2005
Si es que tanta higiene...
El uso de los baños, generalizado en España por los romanos y conservado por los árabes, devino (parece) en usos y abusos para otro tipo de actividades menos higiénicas. Alfonso VI observó que estos abusos enervaban el vigor de sus tropas y los prohibió. Incluso mandó destruirlos.Fray Luis Escobar responde de este modo a don Fadrique Enríquez, Almirante de Castilla, a su pregunta: "Es pecado entrar en los baños?"
Preguntaba Don Fadrique:
"Solían usar en Castilla
los señores tener baños,
que mil dolencias y daños
sanaban a maravilla.
Y pues hay tan pocos de ellos,
y pocos vemos tenellos,
quería de vos saber
si por salud o placer
es pecado entrar en ellos.
en ciudades principales,
y por bienes comunales
guardallos y sostenellos.
Los sanos se recreaban
y los dolientes sanaban,
y otros bienes muchos más
que dice Santo Tomás
que en los baños se encontraban.
Mas también hay grandes males
que del mucho uso resultan,
que en los que en ellos se juntan
hacen pecados mortales.
Que se hacen lujuriosos,
delicados y viciosos
con achaque de salud,
quedan flacos, sin virtud,
cobardes y temerosos.
Pues si bien es concedido
entrar por necesidad,
siendo por vicio y maldad
a todos está prohibido.
Y con mujeres extrañas
y peligrosas compañas,
y aun el hijo con su padre
y mucho más con su madre
que son muy torpes hazañas.
Y por quitar estos daños
fue provechoso y honesto,
que el rey don Alfonso el sesto
hizo destruir los baños.
Que los sabios le dijeron
que los suyos se perdieron,
porque en baños ocupados
como hombres acobardados
de las batallas huyeron.
Que los baños pueden ser
al enfermo beneficio,
mas quien lo toma por vicio
tórnase medio mujer
y el que así vive al revés,
sin parar mientes quién es,
es como hombre de manteca,
que mejor le está la rueca
que la lanza ni el arnés".
los señores tener baños,
que mil dolencias y daños
sanaban a maravilla.
Y pues hay tan pocos de ellos,
y pocos vemos tenellos,
quería de vos saber
si por salud o placer
es pecado entrar en ellos.
Respondía Fray Luis:
Solían siempre hacellosen ciudades principales,
y por bienes comunales
guardallos y sostenellos.
Los sanos se recreaban
y los dolientes sanaban,
y otros bienes muchos más
que dice Santo Tomás
que en los baños se encontraban.
Mas también hay grandes males
que del mucho uso resultan,
que en los que en ellos se juntan
hacen pecados mortales.
Que se hacen lujuriosos,
delicados y viciosos
con achaque de salud,
quedan flacos, sin virtud,
cobardes y temerosos.
Pues si bien es concedido
entrar por necesidad,
siendo por vicio y maldad
a todos está prohibido.
Y con mujeres extrañas
y peligrosas compañas,
y aun el hijo con su padre
y mucho más con su madre
que son muy torpes hazañas.
Y por quitar estos daños
fue provechoso y honesto,
que el rey don Alfonso el sesto
hizo destruir los baños.
Que los sabios le dijeron
que los suyos se perdieron,
porque en baños ocupados
como hombres acobardados
de las batallas huyeron.
Que los baños pueden ser
al enfermo beneficio,
mas quien lo toma por vicio
tórnase medio mujer
y el que así vive al revés,
sin parar mientes quién es,
es como hombre de manteca,
que mejor le está la rueca
que la lanza ni el arnés".
Ay! que me temo que como sigamos con nuestra actual sequía alguien buscará motivos de aquesta guisa... ¡Si es que tanta higiene no puede traer nada bueno! :-)
09 noviembre 2005
07 noviembre 2005
La respuesta es correcta
Hace ya algunos años, se publicó un libro con el título "La antología del disparate". Se trataba de una recopilación de respuestas que los alumnos habían dado en sus exámenes.Y recogía "perlas" tales como:
- Los rayos catódicos
Fueron dos, Isabel y Fernando
- Los Dardanelos
Los Dardanelos murieron en la guerra de los 30 años. Lo que no sé es dónde están enterrados.
- El sexto mandamiento
No fornicarás a tu padre y a tu madre
- Mahoma
Mahoma nació en La Meca a los 5 años
- Los insectos
Son una especie de aves pequeñísimas
Y unas docenas más de respuestas de esta índole y referidas a todas las áreas de estudio.
Ah, pero rompiendo una lanza en favor de los alumnos, tengo que decir que no siempre se trata de respuestas erróneas, sino de preguntas mal planteadas. Porque, en la susodicha antología, se incluye la siguiente:
- Conoce alguna planta que no tenga flor?
Conozco
Y ésta es una respuesta exacta, concreta, precisa y hasta acertada. Bueno, podría haber sido un poco menos extenso y haber respondido: "sí". Pero... ¿verdad que es para reclamar nota?
05 noviembre 2005
02 noviembre 2005
01 noviembre 2005
Ni los cerdos se escapan
Pues sí. Se les ha terminado a los cerdos extremeños el deambular libres por el monte buscando bellotas. Se les han terminado las correrías. A partir de ahora, también ellos llevarán teléfono móvil.Aunque parezca una broma, no lo es. Así lo explica un acuerdo al que han llegado la Universidad de Extremadura y Amena.
Los cerdos de todas las explotaciones extremeñas llevarán un teléfono móvil de última generación, y con GPRS. No se puede ir por ahí, de correrías porcinas, comiendo cualquier chuchería que pueda alterar la calidad de su preciada "pata negra".
Durante la montanera (de noviembre a enero, los tres meses que dura el engorde del cerdo) es importante que coman sólo bellotas y caminen mucho, para que se forme el mejor jamón ibérico. Y equipándoles a cada uno con su móvil, se podrá llevar un exhaustivo control de su frecuencia respiratoria, de su ritmo cardíaco, de su ubicación en el campo, de si camina lo suficiente...
Pues sí, cada uno con su mochilita al lomo, para el móvil que pesará unos 200 gramos.
Pues eso, que cuando termine "la montanera", con tantos teléfonos nuevecitos y con sus dueños a punto de convertirse en ricas virutas de "pata negra"... hummm que tendré mucho cuidado si alguien me ofrece un teléfono último grito y además barato. Vamos, un chollo. No, nada, por si huele a porky.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









