Mi amiga María, geólogo, me había dicho que entre ellos, entre los geólogos, no terminaban de ponerse de acuerdo. Unos aseguraban que se trataba de dos montículos pétreos tan próximos, que parecían prácticamente adheridos entre sí. Y otros eran de la opinión de que se trataba de un solo promontorio de piedra que, en épocas remotísimas que yo no sé situar, se habría resquebrajado. Eso explicaría la perfecta conjunción de oquedades y protuberancias, de entrantes y salientes, que encajaban a la perfección entre ambos lados del desfiladero de La Yecla.
Cuando yo vi el desfiladero por primera vez, cuando tuve la oportunidad de recorrer sus intrincadas entrañas con el agua abajo, rugiendo en su marcha, yo no pude pensar en las teorías de los geólogos.
Yo vi a dos amantes eternamente juntos a orillas del río Arlanza. Yo pude ver cómo su amor era perfecto. Vi que permanecía a través de los siglos. Que volverse piedra caliza era la más asegurada forma de que viento y agua fueran en el tiempo conformando al unísono sus conjuntadas anatomías así, cerquísima. Vi de qué maravillosa recíproca manera cada uno llenaba con sus protuberancias las oquedades del otro. Oí cómo sonaba aquella balada que, en clave de sol, le cantaba a sus pies el agua entusiasta y saltarina, fría y purísima. Respiré su mismo aire frío de Castilla en una mañana de marzo, y mis sentidos se llenaron del perfume que la incipiente primavera traía a los amantes.